Las mil y una noches
Las mil y una noches 
EN el reinado del mismo Califa de quien acabo de hablar —dijo Scheznarda— vivÃa en Bagdad un pobre mandadero que se llamaba Himbad. Fatigado un dÃa de gran calor con el peso de su carga, se paró en una calle estrecha donde reinaba un fresco agradable y perfumado que convidaba a tomar algunos momentos de descanso.
Sentóse junto a un gran edificio, en el que se celebraba sin duda algún festÃn, a juzgar por los instrumentos músicos que se oÃan en unión de ese ruido especial que produce siempre la alegrÃa de los convidados. Quiso el buen mandadero averiguar lo que hubiese, y dirigiéndose a uno de los criados que estaban en el pórtico le preguntó el nombre del dueño de la casa.
—¿Es posible —exclamó el criado— que vos, vecino de Bagdad, ignoréis que vive en este palacio el célebre Simbad el Marino, ese famoso viajero que ha recorrido todos los mares que alumbra el sol?
El mandadero habÃa oÃdo, en efecto, hablar de la opulencia del señor Simbad, y no pudo prescindir de comparar las riquezas y el bienestar de éste con la miseria a que él se veÃa reducido y los afanes que le costaba el mantener a su numerosa familia. Nuestro hombre, entregado a un acceso de desesperación, vió salir del palacio a un criado que le dijo:
