Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Estábamos en plena mar y una fuerte tempestad nos arrojó a las costas de una isla que, según dijo el capitán, estaba habitada por salvajes muy velludos que no tardarían en acometernos, y aunque todos eran enanos no podíamos oponerles resistencia. Si matábamos a algunos, nos aniquilarían sin remedio, porque su número era mayor que el de una plaga de langostas. En efecto, una nube de hombrecillos de dos pies de altura y de aspecto repugnante, rodearon, nadando, el buque, y se subieron por todas partes con la ligereza de los monos, sin cesar de dirigirnos la palabra en un idioma que no comprendimos. Envalentonados con nuestra pacífica actitud, nos obligaron a desembarcar, llevándose el buque a otra isla, y, tristes y desesperados, nos pusimos en marcha hasta llegar a un gran palacio, cuyo vestíbulo nos causó espanto al ver esparcidos por el suelo huesos y fragmentos de miembros humanos. La puerta de la habitación se abrió de improviso y apareció un hombre negro de horrible figura, y alto como un pino. Tenía un solo ojo en medio de la frente, inflamado y rojo como un ascua encendida, los dientes afilados cual los de una fiera, las enormes orejas le caían sobre los hombros, y las uñas largas, puntiagudas y semejantes a las garras de las aves de rapiña. A la vista del gigante nos quedamos muertos de terror. El monstruo me asió por la cintura con la misma facilidad que si hubiera sido una costilla de carnero, y al verme tan flaco me soltó, examinando sucesivamente a los demás compañeros de infortunio. El que más le agradó fué el capitán, a quien atravesó el cuerpo con un pincho de hierro, encendió fuego, lo asó como a un pajarito y se lo cenó con las mayores demostraciones de agrado. En seguida se puso a dormir, y el bramar del viento y el rugir de la tempestad no son nada en comparación de sus ronquidos.


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