Las mil y una noches
Las mil y una noches 
EL cuarto viaje —continuó Simbad— lo emprendà hacia Persia, y con tan mala fortuna al principio, que un huracán deshizo nuestra embarcación, se llevó las mercancÃas y sólo seis hombres pudimos salvarnos en un isla, donde nos vimos rodeados de una multitud de negros que nos sirvieron cierta hierba para comer. Mis compañeros, acosados por el hambre, la comieron en efecto con avidez; pero yo, llevado de un presentimiento fatal, no quise probarla. A ellos se les turbó en seguida la razón, que era lo que deseaban los negros antropófagos para devorarlos en seguida, como lo verificaron, mientras yo huÃa siempre por sitios extraviados para no caer en manos de aquellos canÃbales. Al séptimo dÃa de la marcha, llegué a la orilla del mar y vi a una porción de blancos como yo, ocupados en coger pimienta de los árboles, y después de contarles mi naufragio me embarqué con ellos y fuà a la isla de que procedÃan, donde me presentaron a su Rey, que era excelente PrÃncipe. Tanto me distinguió con sus favores, que al poco tiempo fuà considerado, no como extranjero, sino como favorito del bondadoso soberano.
