Las mil y una noches
Las mil y una noches 
LOS placeres a que me entregué no fueron parte a hacerme olvidar las penalidades que había sufrido, mas tampoco hacíanme renunciar al vivísimo deseo que experimentaba de realizar otros viajes.
Así, pues, adquirí numerosas mercancías y, haciendo colocar los fardos en un carro, me encaminé al puerto de mar más próximo.
Pero una vez allí, para no depender de un capitán y tener un buque en que yo solo mandase, compré una nave que equipé a mi gusto con tripulantes elegidos por mí mismo.
Con viento favorable nos hicimos a la mar.
El primer puerto en que echamos el ancla, tras muchos días de navegación, fué en el de una isla desierta en la que hallamos un huevo de roc de dimensiones tan colosales como el otro de que ya os he hablado. Contenía un pollo de roc, próximo ya a romper el cascarón, y los mercaderes, que habían desembarcado de mi buque, acabando de romper el huevo a fuerza de hachazos, se apoderaron del pollo, que hubieron de sacar a pedazos, y se lo merendaron alegremente después de haberlo asado.
