Las mil y una noches
Las mil y una noches 
CINCO naufragios habÃa experimentado en mis viajes —continuó Simbad—, y a pesar de ellos y de las súplicas de mis parientes y amigos, no me fué posible contener los impulsos de mi carácter, y partà por sexta vez a las Indias, resuelto a hacer una extensa navegación.
Grande fué, en efecto, y un dÃa, perdido el rumbo y sin saber dónde estábamos, nos anunció el capitán del barco, en medio de la mayor desolación, que Ãbamos arrastrados por una poderosa corriente a chocar contra la costa y que por tanto nuestra pérdida era inevitable. Cada cual encomendó su alma a Dios, y, en efecto, a los pocos minutos fuimos a dar al pie de una montaña inaccesible, aunque la Providencia nos permitió desembarcar los vÃveres y el cargamento de mercancÃas.
Después nos dijo el capitán:
—Ya sólo resta cavar cada uno nuestro sepulcro, porque estamos en un sitio tan funesto que nadie se ha salvado de cuantos en él han puesto la planta.
Y asà debÃa ser, en efecto, porque todos aquellos lugares estaban llenos de huesos humanos y de despojos de buques naufragados al pie de la montaña fatal, cuyos peñascos tenÃan la particularidad de ser de cristal de roca, de rubÃes y de otras piedras de gran valor.
