Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Dos meses estuve dedicado a la caza, y apenas pasaba un día que no diese muerte a uno de los referidos animales, con gran satisfacción de mi amo; pero una tarde los elefantes, lejos de pasar junto al árbol en que los acechaba, se detuvieron haciendo horroroso ruido, y uno de ellos, el más poderoso, derribó con la trompa el árbol, cual si hubiera sido una débil caña. En seguida me montó sobre su joroba al verme caído en tierra, y me paseó triunfalmente a la cabeza de los demás animales. Luego me hizo bajar con el auxilio de la trompa, y todos se retiraron, dejándome asombrado de aquella rareza, pues yo creí haber llegado el último día de mi vida.

Me encontré en una colina cubierta de huesos de elefante, y no dudé de que estos animales, con su prodigioso instinto, me habían llevado a su cementerio para que hiciese buena provisión de colmillos, y cesara de perseguirlos.

Así concluyó Simbad, diciendo al mandadero Himbad que no volviera a quejarse con tanta amargura de su suerte, porque los hombres que parecen más dichosos y opulentos no han adquirido su fortuna, a veces, sino a costa de penalidades, trabajos y fatigas.



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