Las mil y una noches
Las mil y una noches 
UN dÃa el califa Haroun-al-Raschid avisó al gran visir Giafar para que se hallara en Palacio la noche siguiente.
—Visir —le dijo—, quiero dar una vuelta por la ciudad y saber lo que se dice, y sobre todo enterarme de si están o no contentos de los oficiales encargados de administrar justicia. Si hay alguno de quien haya motivo de queja, lo depondremos y substituiremos con otro que cumpla mejor sus obligaciones. Si, al contrario, los hay dignos de elogio, guardaremos con ellos los miramientos que merecen.
El gran Visir se presentó en Palacio a la hora señalada: el Califa, él y Mesrour, jefe de los eunucos, se disfrazaron para no ser conocidos, y salieron los tres juntos; Pasaron por varias plazas y mercados, y al entrar en una callejuela, vieron, a la claridad de la luna, un anciano con barba cana, de estatura aventajada, que llevaba unas redes sobre la cabeza y asÃa con una mano un cesto de hojas de palmera y un palo nudoso.
—Al parecer, este anciano está menesteroso —dijo el Califa—; acerquémonos y preguntémosle cuál es su suerte.
—Buen hombre —le dijo el Visir—, ¿quién eres?
