Las mil y una noches
Las mil y una noches 
COMENDADOR de los creyentes, ha de saber Vuestra Majestad que la dama asesinada era mi esposa, hija de este anciano, que es mi tÃo paterno. Apenas habÃa cumplido doce años, cuando me la dió en matrimonio, y desde entonces han mediado otros once. Tuve de ella tres hijos, que están vivos, y debo hacerle la justicia de que nunca me dió el menor disgusto, pues era juiciosa, de buenas costumbres y cifraba todo su afán en complacerme. Por mi parte, yo la amaba mucho y me anticipaba a todos sus deseos, muy lejos de contrariarlos. Hace dos meses cayó enferma; la asistà con cuanto esmero cupo en mi cariño, echando el resto para proporcionarle prontÃsima curación. Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes de salir de casa, me dijo:
—Primo (porque siempre me llamaba asÃ), tengo deseo de comer manzanas, y me darÃas mucho gusto si pudieras proporcionarme alguna; hace tiempo que tenÃa este antojo, y te confieso que ha llegado a ser tan vehemente, que temo me suceda alguna desgracia si no queda pronto satisfecho.
—Haré cuanto pueda para complacerte —le respondÃ.
