Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Querido padre —le, respondió—, es una manzana sobre la cual está escrito el nombre del Califa nuestro señor y amo. Nuestro esclavo Rian me la vendió en dos cequíes.

Al oír las palabras manzana y esclavo, el gran visir Giafar prorrumpió en un alarido de asombro con arrebatos de júbilo, y metiendo al punto la mano en el pecho de su hija, sacó la manzana. Mandó llamar al esclavo, que no estaba lejos, se encaró con él y le dijo:

—Bribón, ¿en dónde cogiste esta manzana?

—Señor —respondió el esclavo—, os juro que no la he robado en vuestra casa ni en el huerto del Califa. El otro día, al pasar por una calle junto a unos niños que jugaban, vi que uno la tenía en la mano, se la quité y me la llevé. El niño vino corriendo detrás de mí diciéndome que la manzana no era suya, sino de su madre, que estaba enferma; que su padre había emprendido un largo viaje para satisfacer el deseo que tenía, y había traído tres, y que aquélla era una de tantas que le había quitado a su madre sin que lo advirtiera. Por más que me rogó que se la volviera, no quise hacerlo; la traje a casa y la vendí por dos cequíes a vuestra hija menor. Esto es cuanto tengo que deciros.


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