Las mil y una noches
Las mil y una noches 
SEÑOR, había en otros tiempos un mercader que poseía grandes riquezas en esclavos, tierras, mercancías y oro. Obligado de cuando en cuando a viajar para arreglar algunos asuntos de su comercio, montó un día a caballo, llevando buena provisión de galletas y dátiles para alimentarse en el desierto que iba a atravesar. Terminados sus negocios, emprendió el regreso a su casa.
Al cuarto día de marcha sintióse tan sofocado por los ardorosos rayos del sol que calcinaban la tierra, que, separándose un poco de su camino, buscó la sombra bajo la copa de unos árboles que se divisaban a lo lejos. Al pie de un gran nogal encontró una fuente de agua cristalina, y, echando pie a tierra, ató el caballo.
Sentóse junto al manantial y sacó del zurrón las provisiones que le quedaban. Al comer los dátiles arrojó a uno y otro lado los huesos, y terminado su frugal desayuno, lavóse el rostro, las manos y los pies, como buen musulmán, y rezó su oración de costumbre.
Estaba todavía de rodillas, cuando se le apareció un Genio de enorme estatura cuya cabeza estaba cubierta con la nieve de los años y que, adelantándose hacia él, espada en mano, le dijo con acento terrible:
—Levántate, porque voy a matarte como tú acabas de matar a mi hijo.
Asustado el mercader por la figura del monstruo y por sus tremendas palabras, le respondió temblando:
