Las mil y una noches
Las mil y una noches 
MIENTRAS aguardaba en, situación tan cruel, apareció un anciano con una cierva. Saludáronse el uno y el otro, y el viejo le preguntó:
—Hermano mío, ¿para qué habéis venido a este lugar inseguro y desierto que sólo pueblan espíritus malignos?
El mercader entonces le refirió su aventura, y el anciano exclamó:
—He aquí un suceso extraño y terrible, puesto que os halláis ligado por medio de un juramento inviolable. Quisiera presenciar vuestra entrevista con el Genio.
Al decir estas palabras, llegó otro anciano seguido de dos perros negros, preguntó a los viajeros lo que hacían en aquel sitio, el viejo de la cierva satisfizo su curiosidad, y el recién venido resolvió quedarse también para ser testigo de lo que iba a suceder. Apareció a la sazón un tercer anciano; hizo las mismas preguntas que el segundo y el primero, y tomó asiento entre los dos con objeto de ver el fin de la triste aventura.
De repente, vieron a lo lejos un vapor espeso parecido a un torbellino de polvo impulsado por el viento, vapor que al acercarse a ellos se disipó dejando ver la figura gigantesca del Genio. Éste se aproximó con la espada en la mano al pobre mercader y le dijo, asiéndole de un brazo:
