Las mil y una noches
Las mil y una noches 
SEÑOR, una persona de categoría me invitó ayer a la boda de una de sus hijas. Después de la ceremonia se sirvió un banquete en el que cada cual comió lo que era de su gusto entre los infinitos manjares que nos presentaron. Pero observamos que uno de los convidados no probaba ninguno de los platos condimentados con ajo, y como le invitáramos a seguir nuestro ejemplo nos contestó:
—Me guardaré muy bien de tomar alimentos aliñados con ajo, pues no puedo olvidar lo que me sucedió la última vez que lo hice.
Le rogamos que nos contase el hecho, pero el dueño de la casa, sin darle tiempo para responder, le preguntó:
—¿Es así como hacéis honor a nuestra mesa?
—Señor —contestó el convidado, que era un mercader de Bagdad—, os obedeceré, por no disgustaros; pero a condición de que, después de comer, me he de lavar las manos cuarenta veces con álcali, cuarenta con ceniza y otras cuarenta con jabón.
—Haced, pues, como todos mis convidados —repuso el dueño de la casa—, esto es, comed, que álcali, ceniza y jabón no ha de faltaros.
