Las mil y una noches
Las mil y una noches 
A la hora acostumbrada, entró Diznarda y rogó a su hermana que continuase la historia empezada, y Scheznarda lo hizo en los términos siguientes:
—Esta cierva, señor —dijo el anciano dirigiéndose al Genio—, es prima mÃa y además mi esposa. Contaba doce años de edad cuando me casé con ella, y por lo tanto debió considerarme como padre, pariente y marido.
El deseo de tener sucesión me hizo comprar una esclava, que me dió un hijo; mi mujer, llena de celos, concibió un odio profundo hacia la madre y el niño, y ocultó sus sentimientos de tal suerte, que cuando me di cuenta de ello era ya demasiado tarde.
TenÃa mi hijo diez años de edad; me vi obligado a hacer un viaje y lo dejé recomendado con su madre a mi esposa, rogándole que los cuidase durante mi ausencia, que se prolongó un año entero; pero mi esposa, que se habÃa dedicado a la magia, para vengarse de aquellos inocentes, transformó a mi hijo en becerro y en vaca a la esclava, entregándolos a un labrador para que los nutriera e hiciese trabajar como a los animales de su especie.
