Las mil y una noches
Las mil y una noches 
MI padre tenía en Bagdad una posición que le permitía aspirar a los más elevados cargos; mas prefirió llevar una vida tranquila. No tuvo más hijos que yo, y cuando murió, estaba ya capacitado para administrar las muchas riquezas que me legó. Cierto día, hallándome en medio de la calle, vi avanzar hacia mí una turba de mujeres, y, para no tropezar con ellas, me subí en el escalón de una puerta. Frente a mí había una ventana, y en el alféizar una maceta de preciosas flores que yo contemplaba con curiosidad, cuando se abrieron los postigos y apareció una joven cuya belleza me deslumbró.
La encantadora joven se fijó en seguida en mí, y, al tiempo que acariciaba las flores con una mano más blanca que el alabastro, me envolvió en una mirada, acompañada de una sonrisa, que me hizo sentir por ella tanto amor cuanta aversión había experimentado hasta entonces por todas las mujeres.
