Las mil y una noches
Las mil y una noches 

YA no me queda para contar sino la historia de mi sexto hermano, llamado Schacabac, el de los labios hendidos. Primero tuvo maña para hacer producir muy bien las cien dracmas de plata que le tocaron en dote, lo mismo que a los demás hermanos, de modo que llegó a verse bastante acomodado; pero de resultas de un fracaso quedó reducido a la necesidad de pedir limosna para subsistir, y desempeñábalo con maestrÃa, pues tenÃa particular habilidad en proporcionarse entrada en las casas grandes por medio de los oficiales y criados, a fin de llegar a hablar con los amos y excitar su compasión.
Pasaba un dÃa por delante de un magnÃfico palacio, por cuya elevada puerta se veÃa un espacioso patio donde habÃa una multitud de lacayos, y llegándose a uno de ellos, preguntóle de quién era aquel palacio.
—¿De dónde sois, buen hombre, que me venÃs haciendo semejante pregunta? ¿No os da a conocer todo lo que veis que este alcázar es de un Barmecida?
Mi Hermano, que estaba ya enterado de la generosidad y liberalidad de los Barmecidas, se fué encarando con los varios porteros que habÃa, y pidióles una limosna; pero ellos le contestaron:
—Pasad adelante, pues nadie os estorba la entrada, y vos mismo ved al señor de la casa, que no os volveréis descontento.
