Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Felizmente, mi mujer era hada, y me salvó de una muerte cierta.

—Ya ves —me dijo— que salvándote la vida no he recompensado mal el bien que me hiciste. Soy hada, habito en las orillas del mar, y adopté aquel pobre disfraz para probar la bondad de tu corazón, del cual estoy satisfecha; pero ahora es preciso que castigue a tus crueles hermanos sumergiendo el barco en que navegan.

—Te suplico que los perdones —le dije entonces—, porque prefiero ser con ellos tan generoso como hasta aquí.

Conseguí aplacarla con mis ruegos, me transportó a mi casa, y desapareció en seguida. Desenterré el dinero, y abrí la tienda, que se llenó de parroquianos y de vecinos que fueron a felicitarme por mi regreso. Al entrar en el patio de la casa encontré a estos dos perros negros, que me miraron con sumisión y humildad.

Ignoraba de dónde procedían aquellos animales cuando vino mi esposa a decirme que una de sus hermanas, hechicera como ella, había sumergido el buque en que iban mis ingratos hermanos y reducídolos a la forma de animales irracionales, en la cual vivirían diez años como justo castigo a su perfidia.


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