Las mil y una noches
Las mil y una noches 
HAY en una isla una populosa ciudad llamada Deriabar, que durante largo tiempo fué gobernada por el rey virtuoso de quien soy la única hija. Un día que mi padre se entregaba a los placeres de la caza, vió un asno salvaje, y separándose de los demás, le persiguió con tal obstinación que sobrevino la noche y se encontró perdido en medio del bosque. Echó pie a tierra, y a poco divisó una luz hacia la cuál se dirigió en busca de asilo donde pasar la noche. La luz procedía de la hoguera encendida en una cabaña; un negro de gigantesca estatura estaba sentado delante de una enorme vasija llena de vino, asando en la llama de la hoguera un buey que acababa de degollar. En el fondo de la cabaña yacía tendida una mujer hermosísima sumida en la más lóbrega tristeza, y a sus pies tenía un niño de tres años que lloraba sin consuelo. El gigante engulló casi la mitad del buey, apuró todo el vino, y en seguida se dispuso a cortar la cabeza a la pobre mujer a pesar de sus súplicas y lamentos. Mi padre entonces disparó desde la puerta una flecha al negro, que cayó al suelo sin vida. Supo mi padre luego que aquella dama era la esposa de un príncipe de Sarracenos, y el gigante uno de los oficiales de su ejército, y que por resentimientos personales con su jefe había robado a la Princesa y a su hijo a fin de asesinarlos y satisfacer su sed de venganza.
