Las mil y una noches
Las mil y una noches 
BAJO el reinado del califa Haroun-al-Raschid, había en Bagdad un afamado droguero llamado Ebn Thaher, hombre riquísimo, de buena figura y agradable trato. Estaba dotado de mucho ingenio, y porque era integro, sincero y de buen humor, se hacía querer y estimar de todos.
El Califa, que conocía su mérito, tenía depositada en él una confianza ciega. Le estimaba hasta tal punto, que le había dado el encargo de suministrar a sus favoritas todo aquello de que tenían necesidad. Escogía sus vestidos, sus fruslerías y sus joyas con admirable buen gusto.
Sus buenas cualidades y el favor del Califa hacían que fuesen a su casa los hijos de los eunucos y de los oficiales de los más altos grados.
Entre los jóvenes señores que iban todos los días a visitarle, había uno a quien consideraba más que a todos los otros, con el cual había contraído una amistad popular.
Se llamaba Aboulhassán Alí Ebn Becar, y era originario de una antigua familia real de Persia que subsistía en Bagdad aun después de que los musulmanes, con la fuerza de las armas, habían conquistado aquel reino.
