Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Los deseos de las tres hermanas, y sobre todo el de la menor, le parecían tan extraños al Sultán, que determinó satisfacerlos, para lo cual hizo que su gran Visir llevase a las jóvenes al día siguiente a Palacio. Fueron allá, inquietas y temerosas, y grande fué su rubor al saber que el soberano había descubierto el secreto de sus pensamientos y que estaba, además, decidido a realizarlos sin demora. Quisieron excusarse, pero todos sus esfuerzos se inutilizaron ante la voluntad del Sultán; celebráronse las bodas aquel mismo día; las de las hermanas mayores con la poca ostentación que era consiguiente a la clase humilde de sus respectivos maridos, y la de la hermana menor con la pompa y el fausto que requería el enlace del soberano. Esta notable diferencia excitó los celos y la envidia de las dos hermanas, quienes resolvieron vengarse de la Sultana a toda costa. Valiéndose de intrigas y malas artes, se apoderaron del primer hijo que tuvo su hermana, y, dentro de una cesta, arrojaron al recién nacido a las aguas del canal que pasaba por los jardines de Palacio.

Casualmente paseaba en aquel momento a lo largo del canal el intendente de los jardines, y al ver la cesta que flotaba sobre las aguas llamó a un jardinero y le ordenó que la recogiese.



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