Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Schariar dejó en seguida a su hermano para que este tomase el baño y se cambiase de vestidos, y en cuanto supo que ya había realizado estas operaciones se apresuró a reunirse con él.

Sentáronse ambos en un diván, y cuando los cortesanos se hubieron retirado, los príncipes comenzaron a hablar de todo lo que dos hermanos unidos más por el amor que por los vínculos de la sangre, tienen que decirse tras de tan prolongada ausencia.

Terminada la cena, que hicieron juntos, reanudaron la conversación, la cual se prolongó hasta hora muy avanzada de la noche, en que se retiró Schariar para que pudiese descansar su hermano.

El desgraciado rey de Tartaria se acostó, pero no pudo conciliar el sueño: la infidelidad de la Reina se le presentó tan vivamente ante su imaginación, que vióse obligado a abandonar el lecho, entregándose por completo a sus dolorosos pensamientos.

El Sultán no pudo por menos de observar la honda tristeza reflejada en el semblante de su hermano.

—¿Qué te sucede, rey de Tartaria? ¿Sientes, acaso, haber dejado tus Estados y te apena verte tan lejos de la Reina, tu esposa? Si es esto lo que te aflige, te daré al punto los regalos con que deseo obsequiarte y podrás regresar a Samarcanda.


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