Las mil y una noches
Las mil y una noches 
EN los tiempos en que reinaba el sabio califa Haroun-al-Raschid, vivía en Bagdad un mercader llamado Alí Cojía, quien tuvo tres noches seguidas un sueño en el que se le apareció cierto anciano de aspecto grave y severo, reconviniéndole por no haber cumplido aún con la peregrinación a la Meca. Esta visión trastornó a Alí Cojía de tal modo, que fué vendiendo poco a poco sus muebles y las mercancías de su tienda, alquiló el almacén y, arreglados sus asuntos, se dispuso a salir en caravana hacia la ciudad santa de los musulmanes. Lo único que le quedaba por hacer era guardar en un escondite una cantidad de mil monedas de oro que le sobraba después de aprontar lo que importaban los gastos del viaje. El mercader tomó un tarro, metió dentro el dinero, y acabó de llenarlo con aceitunas, tapándolo luego perfectamente.
—Amigo —le dijo a un compañero suyo—, os ruego que me guardéis este tarro de aceitunas hasta mi vuelta.
—Os prometo —le respondió el mercader— que al regresar lo encontraréis en el mismo estado.
