Las mil y una noches

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HISTORIA DEL CIEGO ABDALÁ

SEÑOR —continuó Abdalá—, yo nací en Bagdad, y, joven todavía, tuve la desgracia de perder a mis padres, quienes me dejaron en herencia una decente fortuna. No la malgasté, como quizás hubiera hecho otro en mi lugar, sino que aumenté el capital a fuerza de afanes y de trabajo, y llegué a poseer ochenta camellos, que alquilaba para las caravanas y me producían cuantiosas sumas. En medio de mi dicha, regresaba un día de Bassora con mis camellos y me detuve en un sitio agreste y solitario para que pastasen los animales, cuando se acercó a mí un derviche que iba a pie a la referida ciudad. Juntamos nuestras provisiones y nos pusimos a comer, después de decirnos mutuamente quiénes éramos y adónde íbamos. Terminada la comida, me dijo el derviche que no lejos del sitio donde estábamos existía un tesoro tan abundante que aun cuando cargase mis ochenta camellos de oro y pedrería, todavía quedarían sin tocar inmensas riquezas. Rogué al derviche que me revelase el lugar del tesoro, ofreciéndole en recompensa un camello cargado de perlas y diamantes.

Esto era poco, y a mí me pareció mucho en el exceso de avaricia, que devoraba mi alma.


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