Las mil y una noches
Las mil y una noches 
NO hablaré de mi nacimiento —continuó la joven—, porque no es de elevada alcurnia, ni hay en él nada que merezca llamar la atención de nadie. En cuanto a bienes de fortuna, tenÃa lo suficiente para vivir con honradez e independencia. Busqué una mujer buena a quien dar la mano de esposo, pero Dios no quiso concedérmela; muy al contrario: al dÃa siguiente de la boda comenzó a exasperar mi paciencia de un modo inconcebible.
La ceremonia de nuestro casamiento se celebró con un banquete, como de costumbre, y mi mujer, en lugar de servirse de la cuchara, como hace toda persona bien educada, sacó una especie de estuche y de éste un instrumento parecido a un alfiler, con el que se puso a comer el arroz grano a grano.
—Amina —le pregunté—, ¿por qué comes, asÃ? ¿Es por economÃa o para contar los granos de arroz y consumir diariamente un mismo número?
