Las mil y una noches
Las mil y una noches 
SEÑOR —dijo—, para la mejor inteligencia de los hechos que voy a tener la honra de referir a Vuestra Majestad, debo hablar ante todo de los íntimos amigos que viven en esta misma ciudad de Bagdad, llamados el uno Saadí, y el otro Saad. El primero, que es riquísimo, cree que la única felicidad consiste en poseer grandes riquezas, mientras el segundo las considera necesarias a la materialidad de la vida únicamente, y sostiene que la dicha del hombre se cifra en la práctica de las virtudes y el ejercicio constante del bien.
Disputaban ambos un día sobre si un pobre podía o no prosperar y hacerse opulento, y Saadí, en el calor de la contienda, dijo que, en apoyo de su opinión particular, estaba dispuesto a dar a un artesano cualquiera cierta cantidad de su bolsillo, en la firme inteligencia de que, a pesar del donativo, el artesano moriría pobre y miserable como había nacido. Pasaban a la sazón por delante de mi tienda, me vieron trabajar afanosamente, y Saad dijo a su amigo que era llegada la ocasión de poner por obra su proyecto. Se informan de mi nombre, de las fatigas de mi tarea, que apenas me producía lo bastante para mantener a mi mujer y a mis cinco hijos, y el generoso Saadí sacó al punto una bolsa con doscientas monedas de oro para que, provisto de tan inesperado auxilio, montara en mayor escala mi tienda y llegara a ser pronto uno de los más ricos del oficio.
