Las mil y una noches
Las mil y una noches 
SCHEZNARDA habÃa terminado sus cuentos, y no acertando a comenzar otro, se postró a los pies del Sultán, diciéndole con voz suplicante:
—Poderoso rey del mundo, durante mil y una noches vuestra esclava os ha contado historias divertidas y agradables. ¿Estáis satisfecho o persistÃs en vuestra antigua resolución?
—Cortarte la cabeza serÃa demasiado poco —repuso el Sultán—. Tus últimas historias me dejan mortalmente anonadado.
Entonces Scheznarda hizo una señal a la nodriza, y al punto apareció ésta conduciendo a tres niños. Uno de ellos caminaba solo, el otro hacÃalo con ayuda de las andaderas, y el tercero estaba aún en lactancia.
—Gran PrÃncipe, ved aquà vuestros hijos: no por el mérito de mis cuentos, sino por el amor a ellos, os suplico que me hagáis gracia de la vida. ¿Qué serÃa de estas tiernas criaturas si yo muriese?
Y diciendo esto, estrechaba a los niños contra su pecho deshecha en lágrimas.
El Sultán, hondamente conmovido, abrazó también a sus hijos.
—Te perdono —dijo luego— por amor a estos niños y porque tienes corazón de madre. ¡Vive feliz!
