Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes Mas también quiero que sepa Vuestra Merced que, con todo lo que adquirÃa y tenÃa, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto, que me mataba a mà de hambre, y asÃ, no me demediaba de lo necesario. Digo verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces me finara de hambre; mas, con todo su saber y aviso, le contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabÃa lo más y mejor. Para esto, le hacÃa burlas endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas a mi salvo.
Él traÃa el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y llave; y, al meter de las cosas y sacallas, era con tanta vigilancia y tan por contadero que no bastara todo el mundo hacerle menos una migaja. Mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada. Después que cerraba el candado y se descuidaba, pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosÃa y tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza. Y ansÃ, buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal ciego me faltaba.