Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes Usaba poner cabe sà un jarrillo de vino cuando comÃamos; yo, muy de presto, le asÃa y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar. Mas turóme poco, que en los tragos conocÃa la falta, y, por reservar su vino a salvo, nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenÃa por el asa asido. Mas no habÃa piedra imán que asà trajese a sà como yo con una paja larga de centeno que para aquel menester tenÃa hecha, la cual, metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino, lo dejaba a buenas noches. Mas, como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió; y, dende en adelante, mudó propósito, y asentaba su jarro entre las piernas y atapábale con la mano, y ansà bebÃa seguro.
Yo, como estaba hecho al vino, morÃa por él; y, viendo que aquel remedio de la paja no me aprovechaba ni valÃa, acordé en el suelo del jarro hacerle una fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente, con una muy delgada tortilla de cera, taparlo; y, al tiempo de comer, fingiendo haber frÃo, entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que tenÃamos; y, al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destilarme en la boca, la cual yo de tal manera ponÃa que maldita la gota se perdÃa. Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada. Espantábase, maldecÃase, daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podÃa ser.
—No diréis, tÃo, que os lo bebo yo —decÃa—, pues no le quitáis de la mano.