Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes Y otros donaires, que a mi gusto no lo eran.
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando que, a pocos golpes tales, el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo ahorrar dél; mas no lo hice tan presto, por hacello más a mi salvo y provecho. Y, aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego desde allí adelante me hacía: que sin causa ni razón me hería, dándome coxcorrones y repelándome. Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego contaba el cuento del jarro, diciendo:
—¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio ensayara otra tal hazaña.
Santiguándose los que lo oían, decían:
—¡Mirá quién pensara de un mochacho tan pequeño tal ruindad!
Y reían mucho el artificio, y decíanle:
—Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis.
Y él, con aquello, nunca otra cosa hacía.