Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes —¡Lacerado de mÃ! —dije yo—. ¿Si queréis a mà echar algo? ¿Yo no vengo de traer el vino? Alguno estaba ahà y por burlar harÃa esto.
—No, no —dijo él—, que yo no he dejado el asador de la mano; no es posible.
Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio; mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le escondÃa. Levantóse y asióme por la cabeza y llegóse a olerme; y, como debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse de la verdad y con la gran agonÃa que llevaba, asiéndome con las manos, abrÃame la boca más de su derecho y desatentadamente metÃa la nariz, la cual él tenÃa luenga y afilada, y aquella sazón, con el enojo, se habÃa aumentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a la gulilla. Con esto, y con el gran miedo que tenÃa, y con la brevedad del tiempo, la negra longaniza aún no habÃa hecho asiento en el estómago; y lo más principal: con el destiento de la cumplidÃsima nariz medio cuasi ahogándome. Todas estas cosas se juntaron, y fueron causa que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese vuelto a su dueño. De manera que, antes que el mal ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió mi estómago, que le dio con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra mal maxcada longaniza a un tiempo salieron de mi boca.