Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes —¿Qué ha de ser? —dijo él—. Ratones, que no dejan cosa a vida.
PusÃmonos a comer, y quiso Dios que aun en esto me fue bien; que me cupo más pan que la laceria que me solÃa dar, porque rayó con un cuchillo todo lo que pensó ser ratonado, diciendo:
—Cómete eso, que el ratón cosa limpia es.
E asÃ, aquel dÃa, añadiendo la ración del trabajo de mis manos, o de mis uñas, por mejor decir, acabamos de comer, aunque yo nunca empezaba.
Y luego me vino otro sobresalto, que fue verle andar solÃcito quitando clavos de las paredes y buscando tablillas, con las cuales clavó y cerró todos los agujeros de la vieja arca.
«¡Oh Señor mÃo», dije yo entonces, «a cuánta miseria y fortuna y desastres estamos puestos los nascidos y cuán poco turan los placeres de esta nuestra trabajosa vida! Heme aquà que pensaba con este pobre y triste remedio remediar y pasar mi laceria, y estaba ya cuanto que alegre y de buena ventura. Mas no quiso mi desdicha, despertando a este lacerado de mi amo y poniéndole más diligencia de la que él de suyo se tenÃa (pues los mÃseros, por la mayor parte, nunca de aquélla carecen), agora, cerrando los agujeros del arca, cerrase la puerta a mi consuelo y la abriese a mis trabajos».