Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes —Eres mochacho —me respondió— y no sientes las cosas de la honra, en que el dÃa de hoy está todo el cabdal de los hombres de bien. Pues hágote saber que yo soy, como ves, un escudero; mas, ¡vótote a Dios! Si al conde topo en la calle y no me quita muy bien quitado del todo el bonete, que otra vez que venga me sepa yo entrar en una casa, fingiendo yo en ella algún negocio, o atravesar otra calle, si la hay, antes que llegue a mÃ, por no quitárselo. Que un hidalgo no debe a otro que a Dios y al rey nada, ni es justo, siendo hombre de bien, se descuide un punto de tener en mucho su persona. Acuérdome que un dÃa deshonré en mi tierra a un oficial, y quise poner en él las manos, porque cada vez que le topaba, me decÃa: «Mantenga Dios a Vuestra Merced». «Vós, don villano ruin —le dije yo—, ¿por qué no sois bien criado? ¿Manténgaos Dios, me habéis de decir, como si fuese quienquiera?». De allà adelante, de aquà acullá, me quitaba el bonete y hablaba como debÃa.
—¿Y no es buena maña de saludar un hombre a otro —dije yo— decirle que le mantenga Dios?