Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes Ofreciéndosele a él las gracias, informábase de la suficiencia dellos. Si decían que entendían, no hablaba palabra en latín, por no dar tropezón; mas aprovechábase de un gentil y bien cortado romance y desenvoltísima lengua. E si sabían que los dichos clérigos eran de los reverendos (digo, que más con dineros que con letras y con reverendas se ordenan), hacíase entrellos un Sancto Tomás y hablaba dos horas en latín (a lo menos que lo parescía, aunque no lo era).
Cuando por bien no le tomaban las bullas, buscaba cómo por mal se las tomasen; y para aquello hacía molestias al pueblo, e otras veces con mañosos artificios. Y, porque todos los que le veía hacer sería largo de contar, diré uno muy sotil y donoso, con el cual probaré bien su suficiencia.
En un lugar de la Sagra de Toledo, había predicado dos o tres días, haciendo sus acostumbradas diligencias, y no le habían tomado bulla, ni a mi ver tenían intención de se la tomar. Estaba dado al diablo con aquello, y, pensando qué hacer, se acordó de convidar al pueblo para otro día de mañana despedir la bulla.