Lazarillo de Tormes
Lazarillo de Tormes Yo, aunque bien mochacho[51], noté aquella palabra de mi hermanico y dije entre mí: «¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se veen a sí mismos!».
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide[52], que así se llamaba, llegó a oídos del mayordomo; y, hecha pesquisa, hallóse que la mitad por medio[53] de la cebada que para las bestias le daban hurtaba; y salvados[54], leña, almohazas[55], mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas[56], y, cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía[57] a mi madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni de un fraile, porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto[58].
Y probósele cuanto digo y aun más, porque a mí, con amenazas, me preguntaban, y, como niño, respondía y descubría cuanto sabía, con miedo: hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí. Al triste[59] de mi padrastro azotaron y pringaron[60], y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario[61], que en casa del sobredicho comendador no entrase ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.
