Ollantay
Ollantay Traíalo esto en la mayor inquietud. Su alma sombría y meditabunda temía por instantes que una vez descubierto el sacrílego atentado, la perdición de la infanta objeto de sus amores y la suya propia eran irremediables.
Sin embargo, llegó un día en que el rey debía pasar una revista del ejército, para apercibirlo a la conquista de Chincha-suyo.
Este acto era muy solemne: cada general presentaba las tropas de su mando, y hacía el Inca la revista en medio de la corte y grandeza, desplegando toda la maginificencia de los hijos del Sol.
Envanecido Ollanta con la distinción y preeminencia de que disfrutaba, creyó que ésta era la ocasión propicia para el osado intento de pedir la mano de la infanta, esperando que la brillantez y buena disciplina de sus soldados aumentarían el afecto que el rey le profesaba, y que éste no sería capaz de desairarlo en público.
Así, cuando llegó su turno, se acercó al rey con airosa bizarría teniendo el champi, o alabarda, con una mano y la gorra en la otra, y le habló en estos términos: