Ollantay
Ollantay Rumiñahui, uno de los generales fieles al Inca, viendo la inutilidad con que las tropas imperiales atacaban la fortaleza sufriendo repetidos reveces, imaginó un ardid semejante al de Zopiro para la rendición de Babilonia. Escala una noche los muros del monasterio de las acllas, hecho inaudito que puso en alarma a toda la capital. Rumiñahui se deja encarcelar y que le coloquen el lluco, especie de redecilla de cuero que envolvía al delincuente desde los hombros hasta los muslos. Se procede a juzgarlo, y en breve se esparce la noticia por todas partes llegando a oídos del mismo Ollanta, Rumiñahui obtiene una audiencia privada del emperador y le habla de esta manera:
—¡Incallay! (mi venerado) ¿Crees acaso que tu favorecido general es reo del crmen que se le imputa? ¡No! Rumiñahui conserva limpia su conciencia, y el estado afrentoso en que se halla no es sino efecto del amor a tu real persona. Humillar la soberbia del rebelde Ollanta, que ha ultrajado a mi país, es el único objeto que tengo en mira. Yo te protesto que mi entrada en el convento de las acllas será la caída de aquel traidor.
—¿Cómo puede ser esto?, repuso el Inca. ¿Tu profanación de la casa de las Vírgenes, qué tiene que ver con Ollanta, y además, no sabes que la ley te condena a muerte?