Ollantay
Ollantay —Señor, esa ley es aplicable al violador de una virgen y a su cómplice, y yo no me he excedido ni en tocar su ropa. (Y asà resultaba del proceso). No diré que estoy exento de culpa, pero este escándalo es el medio para la ejecución de mi proyecto. Y asà te pido dos cosas: una, que me trates con el mayor rigor, haciendo que me azoten por final sentencia; y la otra, que cuando yo te despache un quipo desde Tampu, adonde me refugiaré, los cumplirás con exactitud. Esto importa a la integridad de tu reino y al buen éxito de mi plan.
Asà se hizo en efecto: Rumiñahu fue degradado en público y azotado cruelÃsimamente. Huyó luego a Tampu y puesto en presencia de Ollanta, le dijo:
—Señor, en mà estas viendo una vÃctima del despotismo de Túpac-Yupanqui, que no sabe apreciar el mérito de sus servidores. Tú y yo somos una prueba de esta verdad; aunque con una diferencia: el abatimiento de mi suerte y la brillantez de la tuya; pero agregarás nuevos tÃtulos a tu gloria si concedes la hospitalidad a un infeliz que ha tenido el honor de ser tu compañero, y que por eso busca en ti compasión y socorro.
Aquà calló el astuto Rumiñahui, y halagado Ollanta con las frases que acaba de oÃr, ordenó que se le pusiera en un aposento para que se le asistiese. Curado ya de sus heridas, fue granjeándose poco a poco la confianza del Inca de Tampu, hasta tal punto que nada hacÃa éste sin consultarle.