Ollantay

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IMA-SÚMAC.— Muchas veces eso no más, eso no más me dices. Pues yo ahora te diré la verdad. Abomino estos claustros, esta casa; maldigo todos los días mi existencia y mi inacción. Aborrezco la sañuda cara de las matronas, que es lo único que miro desde el rincón de mi morada. Aquí no hay felicidad, sólo lágrimas que llorar. Su voluntad sería que nadie habitara aquí; veo que ellas andan entre las risas y los goces, pues llevan en sus manos el colmo de la ventura. ¡Quién sabe si estoy clausurada porque no tengo madre! Buena nodriza, como no hay que servir, me iré a recoger; porque anoche estuve vagando por todas partes, hasta que por fin entré al jardín y escuché un instante que permanecí en él, los lamentos y gemidos de una voz que clamaba por la muerte. Miré a todas partes con los cabellos erizados; gritando de espanto, dije: «¿Quién eres que clamas a todos y angustiada dices: ¡Sol mío!, sácame de aquí?». Busqué en derredor mío, a nadie hallé: sólo la paja silbaba en el prado; con ella me puse a llorar. Mi corazón rasgado quería salirse de mi pecho; aún ahora que recuerdo, me lleno de espanto como si fuera a morir. ¡Aquí Pitu-Salla, el mismo dolor anida y el llanto florece eternamente! Mira, adorada nodriza, no me digas que permanezca aquí; porque abomino mi condición de escogida.

PITU-SALLA.— Entra, no sea que te vea alguna anciana.


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