Preguntale a Alicia

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Por fin he hablado con un viejo sacerdote que realmente entiende a los jóvenes. Hemos tenido una interminable conversación sobre el porqué se fugan los jóvenes de sus hogares; y luego llamó por teléfono a mis padres. Mientras esperaba con él a que le dieran la comunicación me miré en el espejo. No puedo creer que haya cambiado tan poco. Esperaba tener un aspecto avejentado, demacrado y gris, pero creo que ésta que interiormente se ha marchitado y deteriorado sigo siendo yo. Mamá contestó por el teléfono de la sala y papá corrió al primer piso para escuchar con el supletorio. Entre los tres casi ahogamos la línea. No concibo que puedan quererme todavía, y que aún me quieran en casa, pero así es. Me quieren. Me quieren en casa. Se alegraron de oírme y de saber que estoy bien. Y no hubo recriminaciones, ni me regañaron, ni me hicieron un sermón ni nada de nada. Es raro que cada vez que me ocurre algo papá lo deje todo y corra a mi encuentro. Creo que si estuviera efectuando una misión de paz que afectase a toda la humanidad y al universo, la dejaría por mí. ¡Me quiere! ¡Me quiere! ¡Me quiere de verdad! Ojalá pudiera yo amarle a él. No sé cómo he podido tratar a mi familia como la he tratado. Pero voy a renunciar a todo por ellos. Se acabó toda esta mierda. Ni siquiera voy a hablar, o a pensar sobre ello. Voy a dedicar el resto de mi vida a tratar de complacerles.

Querido Diario:


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