Robin Hood
Robin Hood Con harta frecuencia veíanse, colgados de los árboles, los cuerpos de esos desventurados, hombres, mujeres y niños, mandados ajusticiar por el barón y que no habían cometido más delito que el de ser parientes de algún condenado a la última pena, a la que había sido llevado por la intemperancia de algún señor. Ninguna voz se levantaba en ayuda de estos desdichados, no por falta de espíritu generoso, sino porque era seguro que el que acudiese en su defensa correría la misma suerte.
Los siervos y los esclavos no podían alejarse de las tierras en que servían, porque así estaba establecido por el amo, y tampoco era frecuente que una persona libre se trasladara de un condado a otro. La falta de caminos y los ladrones que infestaban los bosques y las vías de comunicación, abiertas por el paso de los ganados, hacían que fuese una arriesgada aventura la sola idea de un viaje. Esto estaba reservado a los señores, que lo hacían acompañados de numerosa escolta de guerreros. Un viaje de veinte millas era, para un campesino o un hombre del pueblo, empresa inconcebible, y era difícil hallar quien se alejase de su aldea natal más de tres millas sin tomar precauciones.