Robin Hood

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Iniciados los torneos, aquella gente siguió con marcado interés las alternativas de los dos días de los certámenes para caballeros. Llegado el tercer día, en que tendrían lugar los juegos populares, el brillante séquito del rey y los invitados, con sus mujeres e hijas, concurrieron como los días anteriores, curiosos de presenciar la puja entre el mejor arquero del sheriff y del rey: Huberto y Henry respectivamente.

El primer número del programa eran los encuentros a espada. La crónica de éstos no interesa a nuestra historia, ya que Robin, ni ninguno de los suyos, tomaba parte en ellos.

Para el tiro de arco los contendientes eran unos sesenta. Desfilaban todos delante de un oficial encargado de anotarlos, al que debían dar su nombre. Se presentó un individuo que hizo sensación y que obligó al oficial a detener su trabajo.

No era para menos, pues se trataba de un viejo andrajoso, sucio y que hasta parecía no poderse tener en pie.

—El arco que llevas es bueno —le dijo el apuntador—; pero dudo de que con esa traza de escarabajo enfermo te dejen entrar en el certamen. ¿Cómo te llamas?


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