Robin Hood
Robin Hood —¡Qué Dios te acompañe!
Hodden se encaminó hacia el palco real. Allà lo esperaba el tiránico normando con el cuerno lleno de monedas de oro en una mano y la flecha en la otra. El gesto del monarca reflejaba su fastidio.
—Sajón —dijo cuando Hodden estuvo ante él—, prometà cortarte la mano derecha si no vencÃas a Henry. Has ganado, seguramente ayudado por el demonio, pero has ganado. ¡Ahora toma el premio y vete!
—Por vuestra cortesÃa y por el premio, os doy las gracias, señor —dijo el viejo recalcando lo de la cortesÃa.
Tomó la flecha y el cuerno, poniendo la primera en su cinturón, y llevándose el cuerno a la boca, lo hizo sonar con fuerza tal que su contenido se desparramó por el suelo a varios metros de distancia. Con toda tranquilidad fue perdiéndose entre la muchedumbre que lo aclamaba…
—¡Detengan a ese hombre —grito Juan—, pues debe estar disfrazado! ¡Si fuera lo que aparenta ser no despreciarÃa el dinero!
Pero Hodden, que oyó la orden, apuntaba al corazón del rey, al tiempo que le decÃa con una frialdad terrible:
—¡Retirad esa orden, señor o sois hombre muerto!