Robin Hood
Robin Hood —¡No hay nada que temer, muchachos! Son los mismos bandidos de Robin Hood que tratan de asustarlos como lo hicieron con Guy de Gisborne y sus hombres. ¿No veis que lo hacen por no atacarnos porque son muchos menos que nosotros?
Como un eco de la estentórea voz del sheriff, que al final del discurso había llegado a ser normal y hasta valiente, por todos los ámbitos del bosque resonó una carcajada estridente y burlona. A pesar de su tranquilizadora arenga, el sheriff comenzó a temblar de miedo, y daba diente con diente, mientras que sus hombres se apretaban unos contra otros, ya perdido todo control, formando una sola masa y dirigiendo las espadas hacia la lobreguez que los rodeaba, helada la sangre en las venas y extraviadas las miradas.
—¡Eso no es risa de ser humano! —exclamó uno en el paroxismo del terror—. ¡Son quejidos de ultratumba!
El sheriff hizo la señal de la cruz lamentando no haber traído consigo un cura. En un lampo desfilaron por su mente las comodidades de su palacio de Nottingham, el amplio lecho bien mullido, los suculentos manjares de la bien tendida mesa, su buena y hermosísima mujer…
A pesar del miedo, y casi sin poder hablar, insistía en infundir ánimo a su gente.