Robin Hood
Robin Hood —Pero ¡cuidado con intentar la fuga, porque hay aquà muchas flechas que están buscando el camino de vuestros corazones! —Y dirigiéndose al sheriff le dijo—: Haré que den de comer a vuestros servidores; vos lo haréis conmigo.
—¡Nunca haré eso! ¿Cuándo has visto a un señor sentado a la mesa de un bandido? —le dijo fieramente Roberto al rechazar la invitación.
—¡Pues os moriréis de hambre y además ayudado a latigazos por descortés! ¿Qué elegÃs?
Ante la amenaza, los humos de Rainault se aplacaron como por ensalmo.
—Ya no hay elección, comeré contigo —contestó rápidamente.
Tomaron todos asiento en torno a una mesa que, en materia de abundancia y calidad, la de ningún señor tendrÃa envidia. La gentil Mariana, que la presidÃa, reforzó para con Roberto de Rainault las atenciones debidas a todo invitado, pero el apetito del sheriff estaba considerablemente disminuido…
Cuando la voracidad del «pequeño John» y el fraile Tuck estuvo satisfecha, lo que es suficiente decir para ponderar la excelencia del banquete, Robin se sentó frente al sheriff y le dijo: