Robin Hood
Robin Hood —Aquà tenemos la costumbre de cobrar todo, hasta el almuerzo, y el honor de hacerlo en compañÃa del rey de Sherwood. —Y volviendo la cabeza hacia el fraile Tuck, añadió—: ¿Cuánto calculas tú, padre Tuck, que debe el sheriff?
—En vista de que es hombre rico, que pague la suma que habÃa ofrecido él por tu cabeza…
—¿Qué opinas tú, «pequeño John»?
—Me parece una gran idea la del fraile; que nos dé las cincuenta monedas de oro o lo ahorcamos.
—Pero yo no llevo encima cincuenta monedas de oro —repuso el sheriff.
—Eso se arregla —afirmó Robin—; si estáis conforme con la suma iréis a buscarla dejándonos a Huberto como rehén. ¿Qué decidÃs?
—Peor es la horca —aceptó el sheriff, que, como hombre avisado, vio que no tenÃa mucho que discutir.
—Bien; entonces jurad sobre vuestra espada que antes de tres dÃas de haber llegado a Nottingham esa suma será depositada al pie de un cedro seco que se halla al borde de la Dark Mire, muy junto al sitio en que fuisteis capturado.
Mucho repugnaba al sheriff hacer semejante juramento, y estuvo largo rato dudando; más se decidió al ver la fruición con que el «pequeño John» colgaba una cuerda de un árbol preparando una horca.