Robin Hood
Robin Hood Tomó una rama Dickon y con ella trazó en el suelo un plano casi exacto de la distribución de patios, corredores, galerías y salas del castillo, no olvidando las pasajes secretos, que los tenía en abundancia, y los sótanos y mazmorras. La memoria del exalbañil era prodigiosa, aunque cierto es también que no todos los días se levantaban castillos como el del señor de Bellame. Al terminar la explicación de Dickon, más de dos horas habían pasado. El fraile Tuck fue el primero en hallarse de pie y se dirigió a Robin.
—He estado pensando todo este tiempo cómo harás para entrar en el castillo. ¡No dejaran de verte, e Isambart te mandará colgar sin decirte agua va!
—Deja eso por mi cuenta —le contestó Robin. Tenía consigo un extraño bulto dentro de una bolsa y levantándolo, añadió:
—Ésta es mi arma; con ella me animaré a hacer frente a toda la gente de Isambart, si es necesario.
—Es una loca aventura y presiento que te perderemos —opinó el fraile sacudiendo la cabeza.
—Locura o no, la llevaré a cabo. Will Scarlett es uno de los nuestros, y si no se hace algo por él, dentro de poco lo habremos perdido. Ahora haz que se levanten los muchachos para irnos, porque ya es hora.

A las cuatro horas de marcha habían llegado a los dominios de Bellame.