Robin Hood
Robin Hood A una orden de Robin se escondieron. Poco rato más tarde pasó cerca del lugar, y en dirección del castillo, un hombre conduciendo un hermoso novillo, destinado seguramente al consumo de la casa del barón. Después, y a los pocos minutos de aquél, circulaba en el mismo sentido otro hombre conduciendo una carreta llena de trozos de leña para calefacción de los solitarios salones de Evil Hold que se habían quedado sin castellana…
Al ver al leñador, no vaciló un instante Robin.
—Éste es el hombre que necesitaba —dijo, y fue a pararse delante de la carreta, obstruyéndole el paso—. Eh, amigo, ¿cuánto quieres por todo lo que llevas?
—Buen señor —le respondió el hombre—, siento no poder cedérosla, porque es para el castillo.
—Si me dejas que la lleve yo al castillo y me das tus ropas, te regalaré dos monedas de oro…
—¿Dos monedas de oro, señor? ¡Nunca las he visto juntas; una vez tuve tres monedas de plata…!
—Estas que ves aquí son de oro —le dijo Robin mostrándoselas—. Dame tus ropas y serán tuyas. ¡Pronto, que se hace tarde y estoy apurado! —urgió Robin, ya con voz de mando.