Robin Hood
Robin Hood —Ciertamente, señor, ciertamente; tomadlas, pues dentro de un par de horas empezará a reunirse la gente en Evil Hold para asesinar a ese excelente hombre de la banda de Robin Hood y antes de ese momento debe estar la leña descargada.
Efectuado el cambio de ropa, Robin silbó y aparecieron doce de los muchachos que rodearon prestamente al leñador. Éste se asustó al ver tal despliegue en torno a su pobre persona, mas Robin lo tranquilizó:
—No te harán daño alguno —le dijo cariñosamente—, pero cuidarán de ti hasta que yo esté dentro de ese nido de ladrones y asesinos. Ahora «pequeño John», cuidalo bien para que no pueda dar la alarma y todos quedaos ocultos hasta que llegue el momento de proceder de acuerdo con mis instrucciones…
Subió al carro, tomó las riendas y se puso en marcha hacia el castillo, mientras sus amigos se quedaban rogando a Dios para que lo sacara bien del trance a que lo empujaba su romanticismo y su generosidad.