Robin Hood
Robin Hood Convergían al sitio en que se hallaba varias puertas; vio que una de ellas conducía al hall principal y pensando que las llaves que tenía en la mano podrían pertenecer a esas puertas, pues por algo estaban ahí, buscó entre ellas la que cerrara ésa y, hallándola, la cerró. Espió otra de las puertas, y al comprobar que una sola podría servirle para seguir su camino en busca de Scarlett, cerró todas las demás. Sin vacilar tomó por la que creyó que conducía a los sótanos, y después de descender unos diez escalones por la escalera que de esa puerta salía, se halló en una especie de sala de guardia, en la que varios hombres se había refugiado del ataque de las avispas. Para desconcertarlos, Robin les gritó:
¡Eh, guardias, id a reforzar las torres del oeste, que por ahí entran los de Robin…!
Tres de los hombres corrieron escaleras arriba, quedando en el lugar sólo uno, que estaba desnudo de la cintura para arriba y tenía la cara cubierta con una máscara. Robin reconoció en él al verdugo del castillo, y sin esperar a que el hombre hiciese un movimiento, lo tendió de un hermoso cachiporrazo; luego lo arrastró y mirando en su derredor se percató de que a esa pieza daba un largo corredor al que salían unas seis u ocho puertas de reja. Eran los calabozos. ¡Estaba, pues, muy cerca del amigo buscado! No esperó más y llamó: