Robin Hood

Robin Hood

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—No, gracias, viajaré solo. No voy a Nottingham, sino directamente a la costa, para embarcarme esta noche para Francia. Portaos bien; la orden del levantamiento de vuestra proscripción está en poder de Roberto de Rainault y será proclamada por todo el país apenas os presentéis a él. ¡Adiós!

Y haciendo un cordial saludo con la mano, aflojó riendas a su caballo y partió a galope tendido sin dar tiempo a que la banda de Robin exteriorizara su agradecimiento. El eco de un fuerte ¡Viva el rey Ricardo!, que resonó en el silencio de la selva, acompañó durante largo rato a Ricardo Corazón de León en su carrera hacia la desgracia…

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—¿Y ahora, Robin…? —dijo el «pequeño John» cuando hubo desaparecido el rey.

—¿Quién se queda conmigo en Sherwood?

Una sola fue la respuesta: ¡Todos!

Ese mismo día fueron todos a Nottingham, lo que produjo un revuelo en la ciudad, a recabar del sheriff la constancia escrita del real perdón. Al estirarle Roberto de Rainault el pergamino en que estaba extendida, no emulaban las facciones del rencoroso sheriff el espíritu del bondadoso y justiciero rey cuya representación ejercía en ese momento.

La alegría de Robin hizo que se pusiera de manifiesto su innata generosidad, y dijo:


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