Robin Hood
Robin Hood Estaba avanzada la mañana cuando el padre Hugo despachó el convoy que llevaría a Nottingham una importante suma de dinero y objetos de valor, que el sheriff debería hacer llegar al rey Juan como contribución de un fiel vasallo.
Unas dos millas antes de llegar a la puerta de Nottingham los portadores fueron atajados por una partida a las órdenes del fraile Tuck.
—Deteneos, mis queridos colegas —les dijo Tuck alegremente—. ¿Qué lleváis para Nottingham?
—Reliquias y ornamentos sagrados para la iglesia de Ninian. ¡No cometeréis el sacrilegio de tocarlos! —dijo el padre Anselmo, a cuyo cuidado iba la comitiva.
—¿Reliquias? ¿Qué reliquias? —expresó con incredulidad Tuck—. Much, revísalos.
—¡Ese sacrilegio tendrá su castigo, humano y divino, falso fraile! —gritó el padre Anselmo.
—¿Falso? —protestó Tuck, con ganas ya de dar un golpe al sacerdote.
